miércoles 21 de julio de 2010
Malas costumbres
Me desperté pensando que uno debería leer sobre lo que se pregunta, y escribir sobre lo que no comprende. Un poco más tarde, cuando se acabó mi café con leche, me llamó mucho la atención que Billy se quisiera ir a la mierda. Habìa saltado a la cornisa y asomado al abismo divisaba un mundo desconocido: voces de chicos, sombras de liquidambar y algún vecino imbécil. En casa él jugaba con Berto como Tom y Jerry; ni una sola noche le faltaban los Juniors de pollo y arroz, y de vez en cuando le agarrábamos por molestarle, por relacionarnos un poco. Pero así y todo quería ir más allá y tenía toda la pinta de querer pirarse.
(Foto: Nico) Una imagen cenital de Berto, en el momento en el que Billy intentaba pirarse.
miércoles 14 de julio de 2010
El terreno baldío
Habíamos cruzado durante horas por un camino polvoriento, lleno de bichos y nubes de evolución. Sin inmutarnos, accedimos a respirar ese olor a campo de verano y observábamos con lentitud cómo seguía pasando el tiempo. Al recostarse, sus piernas adoptaron una posición en forma de cuatro y mientras nos dormíamos balbuceábamos el recuerdo de cómo habíamos llegado hasta allí, por qué todo nos agotaba y nos gustaba tanto; qué razón se escondía en aquella tarde color de durazno.
(Foto: Nico)
(Foto: Nico)
miércoles 19 de mayo de 2010
Versiones de luna creciente
Y en el fondo ¿quién podía saber lo que había en su interior? La conocía, sí; pero ni siquiera después de tantos años podía interpretarla. Nadie podía entrar ahí, en el resquicio mismo donde pensaba, donde sentía y se movía. Era impenetrable; pero más que desconcertarme, el hecho de ver el límite mismo hasta el que uno podía llegar dentro de una persona me resultó reconfortante.
Yolanda y yo salimos juntos a comprar un helado, acabábamos de cenar. Billy se había quedado en casa solo. Cuando lo dejé, practicaba a ponerse nervioso, se inventaba peleas con los cordones de mis zapatillas. Comenzaba a mirar desde abajo las sobras de la cena que íbamos dejando en la mesada, y desconfiaba. No podía saltar hasta allí, era una distancia inalcanzable para un gato de su tamaño pero sabía que algo de eso le pertenecería pronto; de reojo, se imaginaba.
Mientras caminábamos, yo imaginaba formatos diversos de helado, cremas de colores y coberturas de chocolate. Yolanda, en cambio, ya se había comido el helado con la mente y elucubraba maneras de encararme. Me di cuenta de que la luna era creciente, y de que había unas cuantas vidas totalmente desconocidas para mi, incluso las que me pertenecían de alguna forma, incluso algunas versiones de mi mismo que no pudieron ser.
Yolanda y yo salimos juntos a comprar un helado, acabábamos de cenar. Billy se había quedado en casa solo. Cuando lo dejé, practicaba a ponerse nervioso, se inventaba peleas con los cordones de mis zapatillas. Comenzaba a mirar desde abajo las sobras de la cena que íbamos dejando en la mesada, y desconfiaba. No podía saltar hasta allí, era una distancia inalcanzable para un gato de su tamaño pero sabía que algo de eso le pertenecería pronto; de reojo, se imaginaba.
Mientras caminábamos, yo imaginaba formatos diversos de helado, cremas de colores y coberturas de chocolate. Yolanda, en cambio, ya se había comido el helado con la mente y elucubraba maneras de encararme. Me di cuenta de que la luna era creciente, y de que había unas cuantas vidas totalmente desconocidas para mi, incluso las que me pertenecían de alguna forma, incluso algunas versiones de mi mismo que no pudieron ser.
martes 4 de mayo de 2010
La solución total (o la custodia compartida del gato)
Yolanda era un encanto de tía, pero además era una mujer extraordinaria. Mientras me daba cuenta de eso, del tiempo que había perdido, de lo que me había costado todo, ví como Billy (mi gato de 5 semanas) se sentaba con la cola recogida hacia el costado por primera vez, al tiempo que ante un estímulo respondía con un movimiento rectilíneo uniforme; veloz para su tamaño. En definitiva, su pequeño cuerpecito se estaba transformando en lo que uno conoce como gato, un verdadero gato.
Me quedaba claro que si no conociera para nada a Yolanda, si sucediera por ejemplo un encuentro fortuito en plena calle, seguido de un par de intercambios visuales en los que nos reconociéramos como simples desafortunados, me enamoraría de ella en un par de semanas. Pensaba en eso como una imagen de ensueño, quizá un contraluz anaranjado, de flores secas de un día de la madre, que se reflejaban en el vidrio de un portarretrato que contenía mi foto.
Metí la mano hambriento en una industrial bolsa de brotes verdes intentando saciar de mala manera la injusticia de un día agotador, pero en realidad, lo que necesitaba era volver a escribir. Fue en ese instante, cuando me metía sin condimento alguno los brotes verdes directamente en la boca, que Billy se despertó. Era la una y media de la madrugada cuando se deperezó y salió de su cueva -una almohada vieja que fue lo primero que se apropió y a la que ya le había dado un poco de forma hundiéndola con su cuerpecito.
La solución de Billy era inigualable: nacer como sea, de a poco transformarse en lo que realmente debía ser y además, darle algo de su forma a lo que tenía a su alcance. Era cuestión de llegar a un acuerdo. Es decir, yo formaba parte activa de la rápida transformación de Billy en gato, mientras que él me ayudaría a mi a darme cuenta lentamente de todo lo que bebía, desde ahora mismo hasta el fin de mi existencia. Era como una custodia compartida.
Me quedaba claro que si no conociera para nada a Yolanda, si sucediera por ejemplo un encuentro fortuito en plena calle, seguido de un par de intercambios visuales en los que nos reconociéramos como simples desafortunados, me enamoraría de ella en un par de semanas. Pensaba en eso como una imagen de ensueño, quizá un contraluz anaranjado, de flores secas de un día de la madre, que se reflejaban en el vidrio de un portarretrato que contenía mi foto.
Metí la mano hambriento en una industrial bolsa de brotes verdes intentando saciar de mala manera la injusticia de un día agotador, pero en realidad, lo que necesitaba era volver a escribir. Fue en ese instante, cuando me metía sin condimento alguno los brotes verdes directamente en la boca, que Billy se despertó. Era la una y media de la madrugada cuando se deperezó y salió de su cueva -una almohada vieja que fue lo primero que se apropió y a la que ya le había dado un poco de forma hundiéndola con su cuerpecito.
La solución de Billy era inigualable: nacer como sea, de a poco transformarse en lo que realmente debía ser y además, darle algo de su forma a lo que tenía a su alcance. Era cuestión de llegar a un acuerdo. Es decir, yo formaba parte activa de la rápida transformación de Billy en gato, mientras que él me ayudaría a mi a darme cuenta lentamente de todo lo que bebía, desde ahora mismo hasta el fin de mi existencia. Era como una custodia compartida.
viernes 26 de marzo de 2010
Conversaciones con el Gaita (IV)
-Vaya, increíble. Acabas de acusarme de ser un conformista de los hechos. Los hechos son para aceptarlos. Al menos habiendo sucedido es lo mejor que se puede hacer.
-Por supuesto.
-...
-Y luego hay un detalle: los hechos están para analizarse, darles mejor forma, cambiarlos, hacerlos suceder...
-¿Cómo haces que suceda algo?
-Pensándolo. Suceda o no de verdad después. Pensándolo ya ha sucedido algo.
-Eres un simplista, Juan; o un filósofo barato, lo que prefieras. Y no te ofendas pero me da una sensación fea contigo.
-Decilo, dale...
-Me da que estas camino de ser... un extremista, un absoluto.
-¿Absolutamente barato querés decir? Te fuiste al carajo, Gaita. Pero está bien; de cualquier forma lo único que nos separa es un café y cincuenta centímetros. Aunque te esfuerces, no hay más.
-Como mínimo eres un simplista. Ya no eres tan jóven como para creer que el mundo esta en tus manos.
-Yo no insinué eso. Decime ¿vos crees que en toda tu vida no hay nada que haya sucedido por tu culpa, sólamente por tu culpa? ¿No has provocado nada?
-Un par de cosas, supongo... Espero...
-Un par, si... ¿No hay nada que quisieras que suceda porque vos lo hayas hecho?
-Otro par... No sé Juan, termina de una vez.
El Gaita, sin ni siquiera mirar a Juan, harto, se vuelve a la camarera: -¿Otro café por favor?
jueves 18 de marzo de 2010
Culpable
Cuando sea grande quiero ser como Touré Yaya (Sokoura Bouake), por el apellido nada más, por dificultarme un poco. Pero si me torno imposible, les pido disculpas de antemano, es sólo un antojo que vislumbro para mi vejéz. En realidad lo único importante en la vida es no poder echarle la culpa a nadie de nuestras decisiones, mucho menos de nuestro destino; todo lo demás, en el fondo es poca cosa.
Al hilo de esto, pensaba qué pasaría si la culpa de todo fuera de los otros, que significado tendríamos. Que triste sería no tener la culpa de nada, ni siquiera de habernos equivocado; ser, de una vez por todas y como se debe, culpables. Aunque algo menos grave, pero quizá un tanto peor, es no haber tenido la culpa de los éxitos. "Dicen que me caso", decía mi padre que decía un amigo suyo en el Buenos Aires de los años 50. Lo decía en serio, era una voz que corría por el barrio. Se decía; mientras él no estaba muy al tanto del tema. Y se casó.
Qué pasaría si Messi hiciera goles porque se lo hubieran sugerido, un altavoz en el estadio, que en medio de la jugada maestra dijera "¡ahora Lionel, ahora!". O, si Rajoy dijera lo que dice sin convencimiento propio, sino por seguirle el paso a Esperanza; pero sin ninguna esperanza. Después me vinieron a la cabeza infinidad de personajes, países, vidas y dialécticas. Y por un momento pensé que no era culpable de nada. Pero igual me puse a escribir.
domingo 28 de febrero de 2010
Pan con manteca y el hielo de Vancouver
A las dos y cuarto llamó Edmond y en media hora estabamos comiendo en el Irlandés. Yo venía de una semana horribilis, asi que el llamado de Edmond fue un bálsamo, y siendo ya viernes por la tarde, me preparaba para irme a cualquier lado y el Irlandés podía ser todos.
-¿Cuánto hace que vos y yo no comemos acá, che?
-Jo, tío ¿Tú y yo?... ¿aquí?... mogollón. Es increíble... este lugar, es...
-¡Qué bárbaro! La última fue aquella vez...
-Si, tú te estabas yendo, creo...
-No, era un fin de año en esa mesa, ahí...
-Si, ahí; sí...
Hacía un par de meses que no sabíamos nada el uno del otro y había que ponerse al tanto. Me preguntó por el Gaita, pero no me animé a decirle mucho más. Lo importante era el reencuentro y que estábamos sentados allí . Cuando ibamos a pedir la comida se nos acercó Jessi, con su inefable look andino. Había vuelto a trabajar al Irlandés, como Marlene, aquella noche de perros.
-¡Hoooola! -me reconoció.
-¿Pero entonces? ¿vos también volviste?
Edmond miraba el menú y yo a Jessi. En líneas generales la grasa se nos acumulaba bien, la frente seguía alta y la familia crecía; sobre todo la de Edmond, que se acababa de mudar de casa y que con el carné de CC.OO. en la mano se quejaba de la tentación de comprarse un coche pijo. Después me determinó su particular línea con la que separa alguna gente desagradable de su entorno. Yo le aseguré que lo pasaba bien con y sin carné, que me habían dado mas responsabilidad con un aumento de mierda y que el flujo de información era tal desastre que temía que empezara a influír en mi humor. Tanto, que me había pasado una noche en vela viendo cómo Min Jung Kwak, una coreana de 16 años, se deslizaba sobre el hielo en Vancouver; se elevaba, daba vueltas como un molinete y descendía como una seda un poco más allá sobre el mismo hielo. Y no se equivocaba nunca... nunca. Y ahí estabamos, Edmond y yo, comiendo y dando vueltas sobre lo recurrente: la economía, las mujeres, la escasez, la abundancia, el peligro y el sueño... En fin, reconfirmando nuestra edad y la monumental pereza que da el mundo. Quizá nos faltaba convencernos de que sobre la vida hay que patinar -preferentemente como Kwak- y si uno se equivoca en el fondo no pasa nada.
-Me acuerdo siempre de tí, dijo Jessi
-¡No hagas eso!, le repliqué.
-Sí, porque por la mañana pedías la tostada con mantequilla como "pan con manteca", siempre me acuerdo.
- ...
Le iba a decir algo, tipo: Jessi, ¿vos sabés lo que estas diciendo? ¿sos consciente de tu forma de recordarme?. Pero no le dije nada y fuimos cerrando la charla con Edmond.
Cómo se le ocurre; recordar mi pan con manteca... Hay que ver...
(Foto: zimbio.com) Min Jung Kwak patinando sobre el hielo de Vancouver
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




