
Un avión se despedaza en el aire. Pero el nanosegundo de la catástrofe se elonga hasta el infinito. En la eterna caída viajan pasajeros y tripulantes, pero hay uno cualquiera que lo sabía todo. Mientras nos coloca la máscara también nos pone el paracaídas. Ruega tranquilidad y silencio, nos prepara en el aire para el cambio inevitable y habla claro. Ya estamos muertos, pero tocaremos tierra de un momento a otro. Al llegar a la superficie tendremos dos opciones: el que cuente la verdad estará muerto instantáneamente, el que la oculte y se las ingenie para cambiar su identidad y desconocer su pasado, seguirá adelante. Quizá la muerte no sea más que una escena simulada, un acuerdo macabro en el que sólo todo el mundo -salvo el inventor de la catástrofe y nosotros mismos- nos supone muertos.






